"(...)Un incesante dolor se convierte en un pensamiento que se apodera de nuestro espíritu y de nuestra memoria. Si el recuerdo doloroso se vuelve insoportable y llega hasta a dominar al individuo, la naturaleza angustiada se abisma en la locura."
Schopenhauer.

viernes, 31 de diciembre de 2010

psi14omega



I know someday you'll have a beautiful life,
I know you'll be a star
in somebody else sky, but why, why,
why can't it be, why can't  it be in mine.


"Black", Pearl Jam.



Todo se quedó paralizado, por un momento el mundo se paró.
Ella sólo repetía una idea: "Ojalá me fuera a dormir y de repente pasaran dos meses", no se daba cuenta de que esa actitud no hacía más que alargar su sufrimiento. Se limitaba a huir porque no veía la manera de enfrentarse a sus miedos, no sabía qué hacer. Estaba desbordada, no podía pensar; sólo quería olvidarse de todo. Si antes se refugiaba en mundos de nubes moradas y sofás rojos para comprobar que aún respiraba, ahora necesitaba atmósferas nuevas que le hicieran sentirse libre. Yo me quedé sentada en un sofá rojo, mirando nubes moradas y esperando a verla aparecer por una ventana de marco amarillo.

La luz dejó de descomponerse en el póster de los Beatles, no dió tiempo a que llegara la primavera para que los rayos del sol siguieran quitando el color a la frente de John Lennon. El suelo se convirtió en el mejor refugio y en la base más estable de mis lágrimas que no se secan; ni el tiempo, ni el sol pueden evaporarlas. Todo acabó en el suelo, con un abrazo y en un idioma que creímos olvidar, pero que apareció para decirnos adiós. Me lo dijo de la misma manera que pronunció el primer "te quiero" y abrió una herida que sólo ella será capaz de cerrar.  

El estanque era pequeño, pero había un reloj redondo con números romanos flotando sobre el agua que brillaba en tonos azules oscuros. Extendió su mano hasta alcanzar el reloj, no sé si se lo puso, pero se marchó; se fue con más ilusiones de las que yo podía darle.  Tuve que alejarme del estanque y aprender a volar sin ella.  

No me traje nada de allí, ni siquiera el contenido de las conversaciones, nada. Todo se quedó en un rincón surrealista que firmó con su nombre y que me persiguió durante meses. A veces me alcanzaba, se metía en mi cabeza, lanzaba imágenes sin sentido que me desgarraban el pecho y me hacían vomitar chorros interminables de tristeza. Eran ataques fulminantes que me dejaban retorcida en la cama soñando con sus manos durante días. 

Su imagen se distorsionaba por el cielo. Perdí la cordura mirando las estrellas porque sabía que en algún momento ella las miraría mientras me recordaba. En paredes amarillas dibujé estelas verdes que intentaban simular la forma de sus ojos. Su pelo se desvanecía entre recuerdos y de mis manos se caían al abismo sus rizos. Y sus besos seguían en mi cara mezclándose con el salitre de mis lágrimas que sentían más su ausencia que mi vida. Todo era una espiral paranoica de dolor en expansión sin límites que me hizo jugar con sensaciones oscuras y llevar mi consciencia a universos tétricos llenos de margaritas blancas y gerberas naranjas. Tatuó corazones negros en mis recuerdos, pero no soy capaz de odiarla, ni siquiera he dejado de pensar en su cuerpo ni de desear sus risas y sus lágrimas.

Un día volvió. Nos sentamos en un sofá negro de piel con un respaldo altísimo, parecía un sofá de cuento, sacado de "Alicia en el País de la Maravillas"; y la pared sobre la que se apoyaba estaba empapelada con unos dibujos dieciochescos en blanco y negro. Hablaba sin parar, tenía muchas cosas que contarme y me las contó.  

sábado, 30 de octubre de 2010

El nuevo sabor del vino.




- Oye, ¿no tienes nada de vino?- Pregunté tranquila.

- ¿¿¿Qué??? - Contestó extrañada - ¿¿Lo querrás blanco, no?? Es el único que voy a ofrecerte ahora. 


Se sentó frente a mí, y aunque me apetecía vino tinto, no pude resistirme a beber aquel vino blanco. Lo bebí en un copa de cristal con un tallo muy alto y un balón finísimo.


Demostró sus conocimientos. Cogía la botella de un modo sereno, por la parte baja y empuñando con mucha contundencia. Empezó a verter el líquido sobre la copa con una sensualidad extrema que reflejaba en el gesto de sus ojos. No me miraba a la cara, pero sabía perfectamente cómo actuar para captar mi atención. Se humedeció los labios, dejando ver su lengua y sus ganas de ofrecerme el vino. Cruzó las piernas y apoyó la copa de vino blanco sobre la mesita. Con su mano derecha, la más próxima a la mesita, empezó a juguetear con la copa. La acariciaba de un modo provocador, pero sin tocar el balón para no alterar la temperatura del caldo. Ella sabía que aquel líquido era para mí y que para hacérmelo más apetecible tenía que poner a prueba mi autocontrol. Frente a ella, me mostraba indiferente; sólo reaccioné cuando me acercó levemente la copa, empujándola con dos dedos. Acabé bebiendo un vino blanco que nunca antes había probado. 


Me levanté para dejar la copa en la mesita; allí, cerca de ella. Conforme escuché el "chin" del pie de la copa sobre la superficie de la mesa, sentí una presión metálica y fría en mi sien que contrastaba con el calor del cristal, pues aún tenía la copa en mis manos. Se había levantado y mientra yo segúia extasiada, me apuntó con una pistola. No la miré, mantuve la vista baja, pero sin resignación. Ella tenía sus ojos clavados en el gatillo de su pistola. Le excitó aquella escena y disparó. Caí al suelo, pude ver el brillo de sus tacones de aguja y volvió a disparar. 

P.D.: Confesión sobre un secreto binario.

domingo, 17 de octubre de 2010

El primer ataque: Ataúdes vacíos


Cuando me levanté, la hierba del suelo estaba aplastada, dejando ver la silueta de mi cuerpo. Unos metros más abajo, estaba mi ataúd, vacío y posiblemente de madera marrón lacada; aún no lo sé. A mi lado estaba Samuel, sudaba y tenía una pala en la mano:


- Tío, ¡qué bien has cavado tu propia tumba!- le dije sorprendida porque había trazado un rectángulo perfecto en el suelo a una profundidad de cuatro metros. No sé si yo prefería estar más cerca de la superficie; en cualquier caso, mi ataúd estaba cubierto por un metro y medio de tierra.

-Lo sé- contestó sonriendo mientras se encendía un cigarro y me miraba con un peculiar aire cínico de complicidad.

Por un momento, tuve ganas de bajarme al fondo de aquel rectángulo y dejar que me enterrara con su pala. Pero aquel lugar era para su ataúd y para que, una vez creciera la hierba, Samuel se tumbara y al levantarse dejara la silueta de su cuerpo marcada en el suelo. Antes de irnos al ring, donde Javi ya tenía los guantes puestos, me quedé mirando el rectángulo de Samuel junto a la huella de mi cuerpo sobre la hierba. Supe que en aquellos espacios de tierra que tapaban ataúdes vacíos crecerían flores de color blanco al mismo ritmo.


Llegábamos tarde al ring para ver el combate. Seguramente Javi llevaría los pantalones blancos y los guantes rojos con las cuerdas azules. Nunca me lo confesó, pero estoy convencida de que optaba por unos pantalones blancos para resaltar la derrota de sus adversarios con la sangre de sus narices pegadas en su pantalón. Siempre le gustó el poder, pero de una manera un tanto oscura. Boxeaba para sentir el placer de llenar sus manos de sangre sin cargar con el peso de la muerte. A fin de cuentas, cuando peleaba no mataba a nadie, sólo partía narices y bocas.


Cuando Samuel y yo llegamos al ring todo estaba terminando. Las cosas no iban muy bien, esta vez, Javi tendría que limpiar de sus pantalones la sangre de su propia nariz. Su novia estaba allí, mirando indiferente al cuadrilátero y fumando un cigarrillo entre la multitud. No era una tía especialmente guapa, pero tenía unos rasgos muy típicos de las cantautoras americanas de los sesenta: pelo rubio, cara delgada, dientes perfectos y una mirada intrigante. 


Antes de ver el KO de Javi, decidimos salir de allí. Entramos a un callejón lleno de gente, todo el mundo bebía una especie de combinado dulzón y rojo. Samuel desapareció y cuanto tres chicas me acercaban una copa con aquella bebida, un coche grande me deslumbró con las luces. Pude reconocer al conductor y al copiloto, y por sus expresiones, pretendían arrollarme hasta estamparme contra un nicho con una lápida de color negro levemente adornada con una jarrón blanco y margaritas. Conseguí esquivar el atropello, pero no pude evitar correr tras el coche para preguntarles qué tal les iban las cosas.


Al despertarme hacía frío.


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