"(...)Un incesante dolor se convierte en un pensamiento que se apodera de nuestro espíritu y de nuestra memoria. Si el recuerdo doloroso se vuelve insoportable y llega hasta a dominar al individuo, la naturaleza angustiada se abisma en la locura."
Schopenhauer.

jueves, 27 de enero de 2011



No estábamos en los años 70, básicamente porque todavía no habíamos nacido. Aún así, el escenario era un tributo total a las carreteras y a los desiertos de las pelis americanas de los 70. Puede que estuviéramos en una carretera de Texas, de Arizona, de Nuevo México, o puede que en una carretera de Nevada de camino a las Vegas, no lo sé. Lo cierto es que era un paisaje desértico americano, de esos en los que sólo hay asfalto, tierra seca y plantas rodadoras. ¡Sí, eso es! estábamos en el arcén de una carretera americana. Tampoco sé por qué estábamos allí ni cómo habíamos llegado. 

La combinación de colores era preciosa: la tierra seca amarillenta se abría en el horizonte y se difuminaba con el azul del cielo que se equilibraba con algunas nubes blancas horizontales. Y allí, justo en medio de ese desierto se extendía una carretera larga y recta, pero como ya he dicho, todo ocurrió en el arcén; bueno, más bien en la extensión de desierto, aunque a una distancia próxima al asfalto. 

No pasaban coches, no había nada, sólo una silla, una mesita con dos magnum 44* y un vaso de agua, y nosotras. Yo estaba al lado de la mesita, justo delante de la silla y no podía dejar de mirar la imagen que apareció en el horizonte. Frente a mí, y de espaldas a la imagen, estaba ella; seria, tranquila y sudando. Se dio cuenta de la imagen que yo estaba viendo y empezó a sentirse incómoda. Miraba con mucha tensión las pistolas. Cogí una, se la di y empezó a correr desesperada hacia la imagen del horizonte. Me senté en la silla y vi como corría hacia un mueble de madera clara con dos estanterías, un par de puertecitas, tres cajones en línea y cinco en columna. Nada decoraba el mueble, excepto dos jarras de cerveza grandes y vacías. Avanzaba desesperada a por las jarras, levantando una estela de polvo desértico enorme. Agarré mi magnum 44 y apunté. 


- ¡¡No te servirá de nada seguir corriendo!!- Le grité.


El polvo que levantaban sus zancadas era denso, pero me dejaba ver su cabeza y las dos jarras vacías. Ella corría cada vez más rápido, pero no llegó a tiempo. Disparé y pudo sentir cómo el proyectil pasaba por su oreja derecha hasta reventar una jarra. Estaba muy cerca del mueble, estiraba sus brazos para alcanzar la otra, pero volví a disparar y otra bala pasó cerca de su oreja, ahora de la izquierda, y "chassshh"... algunos cristales se clavaron en su cara y empezó a sangrar. Cayó de rodillas al suelo, justo delante del mueble y empezó a llorar. Volvió la cara para mirarme y apreté el gatillo.


Del suelo seco empezó a crecer hierba que tapó los cristales rotos y sus lágrimas. Ella podía sentir el frescor del suelo en sus rodillas, pero delante tenía un mueble vacío y detrás me tenía a mí con un tiro en la boca.  No le hizo falta usar la magnum 44 que le presté. 


*Con magnum 44 me refiero al revólver S&W model 29 con cañón de 214 mm. 



martes, 18 de enero de 2011

Noche Azufaifa



El suelo era oscuro, como un cristal opaco y brillante; y las paredes mezclaban paneles rojos y negros. En aquella sofisticada sala había dos ascensores, uno frente a otro que se abrieron a la vez. Yo iba sola y frente a mí, en el otro ascensor, estaban ellos. No sé de donde subían, ni siquiera puedo saber de donde volvía yo, pero los tres vestíamos de etiqueta. Él llevaba un smoking y ella un espectacular vestido negro que realzaba más que nunca su atractivo. Enfrente estaba yo con un smoking de raso sin pajarita porque la camisa se me abría hasta el escote, y un bastón negro. 

Él: ¡¡¡Jajajajaja!!!- reía y fumaba

Ella: Siempre lo hace... pero hoy ha subido radiante, tanto como nosotros. - le advirtió - ¡No te muevas! - dijo mientras me fotografiaba.

Es posible que los tres subiéramos del mismo lugar. En todo caso, las sonrisas con las que nos comunicábamos dejaban ver que esa noche habían pasado cosas para contar. Sólo nos encontramos al final de todo, cada uno planteó su historia como quiso. Lo único que nos unió fue un mismo espacio y una telepatía cósmica que se activó cuando sentimos que ya había pasado todo lo que tenía que pasar. Nos encontramos en dos ascensores paralelos, amanecía y salimos de la sala. Ella en medio, él a su izquierda y yo a su derecha.