- Oye, ¿no tienes nada de vino?- Pregunté tranquila.
- ¿¿¿Qué??? - Contestó extrañada - ¿¿Lo querrás blanco, no?? Es el único que voy a ofrecerte ahora.
Se sentó frente a mí, y aunque me apetecía vino tinto, no pude resistirme a beber aquel vino blanco. Lo bebí en un copa de cristal con un tallo muy alto y un balón finísimo.
Demostró sus conocimientos. Cogía la botella de un modo sereno, por la parte baja y empuñando con mucha contundencia. Empezó a verter el líquido sobre la copa con una sensualidad extrema que reflejaba en el gesto de sus ojos. No me miraba a la cara, pero sabía perfectamente cómo actuar para captar mi atención. Se humedeció los labios, dejando ver su lengua y sus ganas de ofrecerme el vino. Cruzó las piernas y apoyó la copa de vino blanco sobre la mesita. Con su mano derecha, la más próxima a la mesita, empezó a juguetear con la copa. La acariciaba de un modo provocador, pero sin tocar el balón para no alterar la temperatura del caldo. Ella sabía que aquel líquido era para mí y que para hacérmelo más apetecible tenía que poner a prueba mi autocontrol. Frente a ella, me mostraba indiferente; sólo reaccioné cuando me acercó levemente la copa, empujándola con dos dedos. Acabé bebiendo un vino blanco que nunca antes había probado.
Me levanté para dejar la copa en la mesita; allí, cerca de ella. Conforme escuché el "chin" del pie de la copa sobre la superficie de la mesa, sentí una presión metálica y fría en mi sien que contrastaba con el calor del cristal, pues aún tenía la copa en mis manos. Se había levantado y mientra yo segúia extasiada, me apuntó con una pistola. No la miré, mantuve la vista baja, pero sin resignación. Ella tenía sus ojos clavados en el gatillo de su pistola. Le excitó aquella escena y disparó. Caí al suelo, pude ver el brillo de sus tacones de aguja y volvió a disparar.

