"(...)Un incesante dolor se convierte en un pensamiento que se apodera de nuestro espíritu y de nuestra memoria. Si el recuerdo doloroso se vuelve insoportable y llega hasta a dominar al individuo, la naturaleza angustiada se abisma en la locura."
Schopenhauer.

jueves, 24 de febrero de 2011

El mundo de la piruleta.



Se despertó pensando en el primer dry martini que tomó. Fue lo único que recordaba de aquella noche.

Cuando Matt abrió los ojos vio a siete hombres bajo sus pies. Sólo  identificó sus bombines porque subido en aquella nube no podía ver sus aspectos completos, aunque dedujo que todos vestían trajes negros y, automáticamente, pensó que llevarían camisas blancas, corbatas rojas y zapatos negros.  Estaba hipnotizado viendo los sombreros que correteaban de un lado a otro por aquella amplia pradera. No podía dejar de mirar, además estaba tranquilo porque sabía que en la nube nadie le descubriría.

Miró hacia su derecha, fijándose en dos tipos con bombín que estaban en la orilla de un lago inmenso. Pescaban y decidió sentarse en la nube a observarlos. Dejó colgar sus piernas y el aire fresco se le colaba por los bajos de su pantalón gris. Estaba descalzo. Miró sus calcetines morados con líneas grises que dibujaban rombos, le resultaban tan interesantes como sus tirantes y su camisa blanca. Pero no alejó su atención de la orilla del lago y cuando la caña de uno de los tipos con bombín se sacudió con fuerza se sintió expectante. Sacaron la captura. Empezó a dudar de sus ojos al ver que de la caña no colgaba un gran pez, sino un maletín marrón de piel. Los tipos se alegraron, armando tal escándalo que muchos se acercaron a ver qué les ocurría. Todos estaban felices, se abrazaban, pero ninguno se atrevía a abrir el maletín.  A Matt le parecía cómico ver a todos los hombrecillos con bombín saltar como niños delante de un trozo cuadrado de piel. Aquella escena le recordó a las películas de cine mudo. Finalmente, abrieron el maletín y de allí empezaron a salir más hombrecillos con bombines negros. Corrían como locos, transmitiendo una euforia que contagiaba a todos, incluso a Matt que empezó a saltar en su nube.

De repente, mientras saltaba, notó que algo se le acercaba por la espalda. Volvió la cabeza y vio un hombrecillo subido en un cohete que volaba superrápido por el cielo. Sin pensarlo, Matt se tiró a la superficie de la nube  para evitar que le llevara por delante. Le sorprendió que volando a tal velocidad, el hombre no perdiera su bombín. 

Volvió a mirar hacia la pradera, esta vez en dirección contraria al lago. Localizó a otros dos hombrecillos junto a un árbol con una rama muy larga y gruesa. Matt pudo deducir que hablaban sobre la rama, pues los gestos de éstos se dirigían a esa parte del árbol. Siguió observándolos. De los bolsillos de sus chaquetas, aparentemente vacíos, empezaron a sacar unas cuerdas larguísimas que adaptaron a la rama para hacer dos columpios. Los hombrecillos empezaron a columpiarse cogiendo cada vez más y más impulso hasta acabar girando alrededor de la rama.  

Matt pasó mucho tiempo mirando el movimiento circular de los columpios, pero de pronto sintió que algo atravesaba su nube y chocaba contra su estómago. Miró hacia abajo, viendo al hombrecillo del cohete junto a un bastón que desde el suelo había llegado a su nube. Por un momento, todos los hombrecillos se pararon y miraron a Matt. Le habían descubierto, pero fue algo que no les incomodó y rápidamente todos volvieron a sus entretenimientos; incluso los que estaban en los columpios. Matt  comprendió que en aquel lugar no hacían falta las leyes de la racionalidad y, sin saber si el bastón era seguro para descender hasta la pradera, se decidió a bajar. Allí le esperaban un bombín y un par de zapatos negros. 


1 comentario:

  1. Seguramente no exista una canción jodidamente más perfecta para esta entrada! Pronto me pondré al día con el bló'! De momento, me quito el sombrero que no tengo y aparco el cuatro latas sin batería.

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