Le resultaba caro leer. No encontraba libros en la biblioteca; los clásicos ya los había leído y la estantería de "Filosofía" (donde se mezclaban libros de autoayuda con algunas ediciones viejas de Zubiri, Ortega o Platón) se le quedaba pequeña. Tocó fondo cuando no encontraba a Sartre, pero le cayó en gracia a una bibliotecaria (las demás eran demasiado marujas como para soportar sus extravagancias)que le dejó entrar al almacén para buscar "La Nausea". La encontró, la colocó en la estantería de "Novela", en las signaturas "SAR", y salió de la biblioteca.
Lo mismo le ocurrió en el videoclub y en la tienda de discos. Hacía buenas migas con los encargados para buscar algo en el almacén, pero sólo eso. Si quería alguna película o algún disco no lo encontraba y la respuesta de los chavales de las tiendas siempre era la misma: "Está descatalogado, lo siento, si puedo encontrar alguna reedición te llamaré". Pero las reediciones no se hacían, y las llamadas no llegaban.
Después de estos episodios, siempre se sentía igual. Dentro de sí se mezclaba desesperanza, melancolía y soledad. De su cabeza desapareció la idea de buscar algo de metaliteratura o absurdo en aquel lugar. Tenía amigos bibliotecarios en otras ciudades y seguramente les pediría algún que otro favor.
Muchos podían pensar que comprarse el libro que quisiera por internet le ahorraría deletrearle a las bibliotecarias los nombres de los autores que quería leer y las miradas de extrañeza, pero no tenía dinero. De todos modos, aunque tuviera todo el dinero del mundo, la sensación de desesperanza, melancolía y soledad delante del repartidor que le entregaría el paquete con sus libros no desaparecería.
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